“Muchas personas hoy sienten vacío interior aunque su vida parece estar bien.”
Hay momentos en los que el corazón se siente vacío sin una razón clara.
No es que todo vaya mal.
La vida sigue, cumplimos con nuestras responsabilidades, hablamos con la gente, sonreímos…
pero en algún rincón del interior permanece una sensación de vacío difícil de explicar.
A veces estamos rodeados de personas y aun así nos sentimos solos.
Otras veces todo parece estar bien, pero por dentro hay una inquietud que no se va.
Y entonces surge una pregunta silenciosa:
¿Por qué me siento así?
Normalmente buscamos la respuesta en el exterior.
Pensamos que cuando todo sea más estable estaremos bien,
que cuando tengamos relaciones más sanas nos sentiremos completos,
que con el tiempo todo se acomodará.
Pero con el paso de los días descubrimos algo:
aunque algunas cosas mejoren, el vacío no desaparece del todo.

La Biblia habla de este sentimiento desde hace mucho tiempo.
En el Evangelio de Juan, capítulo 4, aparece la historia de una mujer samaritana.
Una mujer con un pasado complejo, con relaciones que no habían logrado darle estabilidad,
y que vivía de alguna manera apartada de los demás.
Aparentemente seguía adelante,
pero por dentro seguramente estaba cansada.
Un día, al mediodía, fue sola a buscar agua.
Y allí, junto al pozo, Jesús le habló.
“Dame de beber”.
Es una escena sencilla, pero profundamente humana.
Jesús ya conocía su historia,
sabía todo lo que había vivido
y también conocía su cansancio interior.
Sin embargo, no la juzgó.
No la rechazó.
No la avergonzó.
En cambio, le dijo:
“El que beba de esta agua volverá a tener sed,
pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás.”
(Juan 4:13-14)
Jesús estaba hablando de algo mucho más profundo que el agua.
Estaba hablando de esa sed interior que todos llevamos.
El ser humano intenta llenar ese vacío de muchas maneras:
con relaciones, con logros, con reconocimiento, con experiencias.
Pero tarde o temprano vuelve a sentir que algo falta.
Porque el corazón humano fue creado para algo más.
Fue creado para Dios.
Cuando vivimos lejos de Él,
aunque la vida parezca avanzar,
por dentro aparece la inquietud, la inseguridad y el cansancio.
Jesús no le dijo a aquella mujer que se esforzara más,
ni que arreglara primero su vida para después acercarse a Dios.
Tampoco le dijo que fuera más fuerte.
Simplemente le ofreció algo:
“El agua que yo te daré”.
El significado es profundo y a la vez sencillo:
no tenemos que seguir intentando llenarnos solos.
No tenemos que seguir sosteniendo todo con nuestras propias fuerzas.
Podemos volver a Dios.
Creer en Jesús no es solo adoptar una religión.
Es dejar de vivir solos por dentro.
Es permitir que Dios ocupe el centro que siempre le perteneció.
Cuando eso ocurre, no es que todos los problemas desaparezcan,
pero el corazón comienza a encontrar una paz distinta.
Una paz que no depende tanto de lo que sucede afuera.
La inseguridad empieza a disminuir.
La ansiedad deja de dominarlo todo.
La necesidad constante de aprobación se suaviza.
Y poco a poco nace una certeza interior:
no estamos solos.
La mujer samaritana, después de hablar con Jesús,
dejó su cántaro y corrió hacia su pueblo.
Nada externo había cambiado todavía.
Pero algo dentro de ella sí había cambiado.
Había encontrado la fuente que realmente podía saciar su sed.
Quizás nosotros también, en algún momento,
nos hemos sentido como ella:
cansados por dentro, buscando algo que nos dé paz verdadera.
Si es así, tal vez estas palabras de Jesús puedan resonar suavemente en el corazón:
“El que beba del agua que yo le daré
no tendrá sed jamás.”
Dios no se acerca a nosotros cuando somos fuertes.
Se acerca cuando estamos cansados.
Y precisamente allí comienza el verdadero descanso.

