A veces me detengo a pensar en lo rápido que está cambiando el mundo.
Tan rápido que, siendo honesta, a veces me da un poco de miedo imaginar cómo será la sociedad del futuro.
La inteligencia artificial, la automatización, los robots que reemplazan trabajos humanos…
Incluso se habla de un futuro en el que no será necesario trabajar como hoy,
porque los sistemas automáticos producirán lo suficiente
y el Estado podrá garantizar una vida básica a través de subsidios.
Suena lejano, pero al mismo tiempo, no tanto.
Cambios que ocurrieron en un abrir y cerrar de ojos
Si lo pienso bien, lo más sorprendente es que estos cambios son muy recientes.
El primer smartphone apareció en 2007,
y recién alrededor de 2012 se volvió algo realmente masivo.
En poco más de una década, nuestra forma de vivir cambió por completo.
- Ya no preguntamos direcciones en la calle
- No memorizamos números de teléfono
- Trabajamos, estudiamos, compramos y socializamos desde una pantalla
En apenas 10 o 15 años, la estructura básica de la vida cotidiana se transformó.
Estamos viviendo una revolución histórica sin darnos demasiado cuenta.
Un mundo sin fronteras claras
También siento que las fronteras entre países se están volviendo cada vez más difusas.
Hoy podemos hablar en tiempo real con personas del otro lado del planeta,
trabajar para empresas extranjeras,
consumir contenidos creados en cualquier país
y ver cómo los problemas de una nación afectan a muchas otras.
Las fronteras físicas siguen existiendo,
pero en la vida diaria, el mundo se siente cada vez más como un solo espacio compartido.
La inteligencia artificial y algo inesperado
La inteligencia artificial ya no solo responde preguntas técnicas.
Ahora también escucha, acompaña y hasta consuela.
Muchas personas le cuentan sus preocupaciones, su ansiedad o sus miedos, cosas que a veces no se animan a decirle a otros seres humanos.
Este fenómeno ya está siendo analizado desde distintos enfoques sobre el
Es extraño pensar que una máquina pueda ocupar un espacio emocional,
pero al mismo tiempo dice mucho de la velocidad con la que cambia nuestra forma de relacionarnos.
El futuro que antes parecía una broma
Recuerdo cuando el auto autónomo era casi un chiste.
“¿Un coche que se maneja solo? Imposible”.
Hoy ya es una realidad en fase comercial.
Todavía imperfecta, sí,
pero dejó de ser ciencia ficción.
Pensándolo así, no parece tan descabellado imaginar
que algún día viajar al espacio como turistas
sea algo relativamente común.
Muchas cosas que hoy nos parecen exageradas
probablemente serán normales para la próxima generación.
Y entonces aparece la gran pregunta: los niños
En medio de todos estos avances, hay una pregunta que no me deja tranquila.
¿Todo esto será realmente bueno para los niños?
Vivimos en una sociedad hiperconectada, rápida, estimulante,
pero también exigente y agotadora.
Los niños crecen rodeados de pantallas, comparaciones constantes
y una avalancha de información que incluso a los adultos nos cuesta procesar.
Me pregunto si este ritmo tan acelerado
les deja espacio para aburrirse, imaginar, pensar,
equivocarse sin presión,
crecer a su propio tiempo.
Educación en un mundo que no se detiene
La educación también enfrenta un desafío enorme.
¿Qué sentido tiene memorizar datos
cuando la inteligencia artificial responde en segundos?
Tal vez el foco ya no deba estar solo en el conocimiento,
sino en habilidades humanas difíciles de automatizar:
pensamiento crítico, empatía, creatividad, equilibrio emocional.
Más que preparar a los niños para un trabajo específico,
quizás deberíamos ayudarlos a desarrollar
una base interna sólida
para adaptarse a cambios constantes.
Este enfoque también es respaldado por organismos internacionales como la
👉 UNESCO, que insiste en repensar la educación frente a los cambios tecnológicos.

La responsabilidad de los adultos
No se trata de rechazar la tecnología,
sino de acompañarla con conciencia.
Usar los avances sin perder lo esencial.
Aprovechar la comodidad sin renunciar al tiempo lento.
Enseñar a los niños que no todo tiene que ser inmediato.
Tal vez nuestro rol como adultos
no sea protegerlos del cambio,
sino enseñarles a no perderse dentro de él.
Un futuro incierto, pero lleno de preguntas necesarias
No sé cómo será exactamente el mundo que les tocará vivir.
La verdad es que cuesta imaginarlo.
Pero sí sé algo:
seguir haciéndonos preguntas es fundamental.
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo?
¿Y qué clase de adultos queremos ser
en este mundo que no deja de transformarse?
El futuro avanza rápido.
Quizás demasiado rápido.
Por eso, pensar y detenernos un momento
también es una forma de cuidar.

