Ver sin prejuicios: Reflexión sobre Juan 7:38 y los ríos de agua viva.

Lo que se alcanza a ver solo cuando nos quitamos las gafas del prejuicio

Ver sin prejuicios es esencial para reconocer la obra de Dios. En Juan 7:37-52, descubrimos que las etiquetas y el orgullo impidieron a muchos beber del agua viva que Jesús ofrecía.

En el último día de la Fiesta de los Tabernáculos, Jerusalén estaba llena de una tensión invisible. En medio de todo ese ruido, Jesús alzó la voz con una promesa que sacudió el alma: «Si alguno tiene sed, venga a mí 및 beba… de su interior correrán ríos de agua viva» (Juan 7:37-38).

Esta invitación fue un bálsamo para los sedientos, pero para otros, fue un motivo de conflicto. ¿Por qué algunos no pudieron ver lo que tenían frente a sus ojos? Al leer Juan 7:37-52, me doy cuenta de que su ceguera no era falta de vista, sino exceso de prejuicios.

Para profundizar en nuestra fe, es necesario aprender a ver sin prejuicios. En el pasaje de Juan 7:37-52, vemos cómo muchos perdieron la oportunidad de conocer al Mesías simplemente porque su mirada estaba nublada por etiquetas y conceptos humanos.

1. El obstáculo de no poder ver sin prejuicios

Los fariseos y los líderes religiosos de aquella época tenían una respuesta lista: «De Galilea nunca se ha levantado profeta» (v. 52). Para ellos, Galilea era una tierra «contaminada», un lugar de gente sencilla, sin la preparación ni el linaje que ellos esperaban de un Mesías.

Su conocimiento de las Escrituras era profundo, pero estaba limitado por sus propios esquemas. Sabían que el Cristo vendría de Belén, pero se negaron a investigar el origen real de Jesús. Se quedaron con la etiqueta de «el galileo» y cerraron la puerta. A veces, nosotros hacemos lo mismo: etiquetamos a las personas por su pasado, su apariencia o su estatus, y sin darnos cuenta, le cerramos la puerta al mensaje que Dios nos quiere enviar a través de ellos.

2. El miedo a perder «mi territorio»

Es curioso ver que, aunque querían arrestarlo, nadie se atrevía a ponerle la mano encima. Quizás, en el fondo, sentían ese temor reverente: «¿Y si realmente es Él?».

Reconocer a Jesús significaba admitir que todo el sistema de privilegios y poder que habían construido no servía de nada. Aceptar la verdad de Cristo implica dejar que Él invada nuestras áreas de confort, nuestro orgullo y nuestro control. Y eso asusta. A veces preferimos rechazar a alguien con verdadera fe, simplemente porque su testimonio cuestiona nuestra comodidad o nuestra forma de hacer las cosas en la iglesia.

3. Nicodemo: El peso del «qué dirán»

En medio de este conflicto aparece Nicodemo. Él quería defender a Jesús, pero su posición social y su reputación le pesaban demasiado. Su defensa fue tibia, técnica, basada en la ley: «¿Juzga nuestra ley a un hombre sin oírle primero?»(v. 51).

Él no se atrevió a decir «Yo creo en Él» delante de todos. Me veo reflejado en Nicodemo muchas veces. Cuántas veces el miedo a ser juzgados por nuestro entorno, o el deseo de mantener nuestra imagen, nos impide ponernos del lado de la verdad con valentía. Preferimos el silencio «prudente» antes que el compromiso radical.

4. La fe verdadera: Lo que se alcanza a ver solo cuando nos quitamos las gafas del prejuicio

Aprender a discernir con fe es una de las tareas más difíciles. En el día a día, nuestras «gafas de prejuicio» nos hacen ver enemigos donde hay hermanos, o nos hacen ignorar la voz de Dios porque no viene en el empaque que esperábamos.

Si tan solo nos detuviéramos a mirar el corazón de Dios a través de Su Palabra, con humildad, entenderíamos que Su amor no conoce fronteras geográficas ni prejuicios humanos. El problema no es que la Biblia sea difícil de entender, sino que a veces no queremos entenderla si eso significa ceder nuestro «poder» o nuestro «yo».

Palabras al corazón

Jesús sigue llamando a los sedientos, sin importar de dónde vengan. Hoy quiero pedirle a Dios que me ayude a quitarme esas gafas viejas de prejuicio y orgullo. Que pueda ver a los demás, y sobre todo a Jesús, con los ojos limpios del espíritu.

¿Hay algún «Galilea» en tu vida que te niegas a aceptar? ¿O tal vez un poco de Nicodemo en tu corazón que necesita más valentía? Que hoy podamos beber de esa agua viva que rompe todas nuestras barreras.

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