Confiar en Dios en tiempos de incertidumbre no siempre es sencillo.

En la vida hay momentos en los que uno se detiene frente a una pregunta inevitable:
¿debo quedarme donde estoy o debo irme?
Permanecer en un lugar seguro,
o moverse hacia algo incierto.
Tener fe no significa vivir siempre con absoluta seguridad.
De hecho, muchas veces, quienes tienen fe son los que más profundamente dudan antes de decidir.
Hace poco volví a leer la historia de Abraham en el Génesis,
y pensé que sus decisiones no fueron simplemente actos de “gran fe”,
sino decisiones profundamente humanas, tomadas en medio del miedo y la incertidumbre.
Cuando la realidad no coincide con la promesa
Dios le prometió a Abraham la tierra de Canaán.
Pero cuando llegó a esa tierra,
lo que encontró no fue abundancia, sino hambre.
La Biblia lo dice de forma muy sencilla:
“Hubo hambre en la tierra, y Abram descendió a Egipto.”
Había una promesa,
pero la realidad era una crisis de supervivencia.
En lugar de quedarse esperando o buscando con claridad la dirección de Dios,
Abraham tomó una decisión práctica:
descender a Egipto.
Cada vez que leo ese pasaje,
no pienso que Abraham tuviera poca fe.
Más bien pienso que era profundamente humano.
Se movió para sobrevivir.
La fe y el miedo pueden coexistir
A veces creemos que si tenemos fe,
no deberíamos sentir miedo.
Pero en la vida real no es así.
- Podemos tener fe y aun así sentir ansiedad
- Podemos creer en una promesa y temer por el presente
- Podemos confiar en Dios y al mismo tiempo buscar seguridad
Abraham también vivió eso.
Cuando llegó a Egipto,
dijo que Sara, su esposa, era su hermana.
Lo hizo por miedo.
Quería proteger su vida.
Era un hombre que había recibido una promesa,
pero que seguía viviendo con temor.
Ese momento nos recuerda algo muy real:
la fe no elimina automáticamente la inseguridad humana.
El momento en que yo también tuve que elegir
Cada vez que pienso en esta historia,
recuerdo mi propia vida hace ya muchos años.
Hace dieciséis años, antes de venir a Argentina,
viví un tiempo de mucha oración y confusión.
No sabía si debía quedarme en Corea
o venir a vivir a este país.
Me preguntaba una y otra vez:
¿cuál es realmente la voluntad de Dios?
Mientras oraba, hubo un pensamiento que empezó a surgir en mi corazón.
¿Es realmente tan decisivo para Dios
el lugar exacto donde yo esté?
Pensaba que, tal vez,
lo más importante no era el país,
sino la forma en que yo viviera mi fe.
Podía quedarme en Corea y vivir para Dios.
Podía irme a otro país y vivir para Dios.
Entonces me pregunté:
¿no será eso, precisamente, lo que Dios espera de mí?
¿vivir con Él, esté donde esté?
Ese pensamiento llegó durante la oración.
No como una respuesta clara y audible,
sino como una paz silenciosa.
Vivir como extranjera
Hoy vivo lejos de mi familia y de muchos amigos.
Vivo como extranjera.
Hay días en que esta vida me gusta.
Descubrir una nueva cultura,
vivir en otro idioma,
experimentar a Dios en un lugar distinto.
Pero también hay días difíciles.
Días de soledad.
Días en que todo pesa un poco más.
En esos momentos, a veces me hago una pregunta muy honesta:
¿Habrá sido esta realmente la mejor decisión?
Y entonces vuelvo a pensar en Abraham.
Dios lo llamó a Canaán,
pero él descendió a Egipto.
Vivió con miedo,
tomó decisiones para protegerse,
e incluso ocultó la verdad sobre su esposa.
Y en ciertos momentos,
no puedo evitar preguntarme:
¿Y si yo también tomé un camino parecido?
¿Y si, sin darme cuenta,
me moví hacia mi propio “Egipto”?
No es una pregunta para encontrar culpa,
sino una reflexión que aparece de vez en cuando,
en silencio.

Dios no abandona la historia
Lo que más me consuela de la historia de Abraham
no es que haya tomado decisiones perfectas,
sino que Dios no lo abandonó en medio de sus decisiones imperfectas.
Abraham no actuó siempre con claridad.
Se movió con miedo.
Pensó en sobrevivir antes que en confiar plenamente.
Y aun así,
Dios siguió presente.
Dios intervino.
Lo protegió.
Y finalmente lo llevó de regreso al camino de la promesa.
Eso me recuerda algo muy importante:
Dios no guía solamente a quienes toman decisiones perfectas,
sino a quienes permanecen en relación con Él.
Vivir entre la promesa y la realidad
Todos vivimos, de alguna manera,
entre la promesa y la realidad.
Tenemos fe, pero también dudas.
Tenemos esperanza, pero también miedo.
A veces permanecemos en Canaán.
A veces descendemos a Egipto.
Pero quizá lo más importante
no sea el lugar exacto donde estamos,
sino con quién caminamos.
Incluso cuando nuestras decisiones no son perfectas,
la relación con Dios no se rompe fácilmente.
Dios sigue trabajando en medio de nuestras historias,
de nuestras dudas
y de nuestros caminos imperfectos.
Por eso la historia de Abraham
no es solo la historia de un gran hombre de fe.
Es la historia de un ser humano
que caminó con Dios en medio de su fragilidad.
Y tal vez por eso,
esa historia sigue consolando nuestros propios caminos.
Hoy, cada uno de nosotros
vive en algún punto
entre la promesa y la realidad.
